La novela que salvó Notre Dame

¿Fue una buena lectura? 😀

A pesar del innegable espacio e influencia de la literatura en la realidad, son más bien escasos los casos en que una obra de ficción literaria ha tenido un impacto tan sustancial en el mundo real.

Uno de esos memorables casos es sin duda el de Notre Dame de Paris, la icónica catedral gótica de la capital francesa, que no estaría ahí para nuestras selfies sino hubiese sido por una novela.

 

La única solución: destruir la catedral

Durante la Revolución francesa, Notre Dame fue desmembrada por los vándalos: las estatuas de los portales y las de la galería de los Reyes de Judea e Israel fueron destruidas por creerse que representaban a los reyes de la monarquía francesa. Después de la revolución, en un afán de descristianización de la capital, se ordenó que todas las iglesias de París fueran cerradas. Notre Dame, sin embargo, permaneció abierta…como una bodega.

No sería sino hasta 1804, cuando Napoleón Bonaparte se auto proclamó emperador de Francia en la mismísima catedral, que Notre Dame fue sometida a algunas remodelaciones, pero era tal el estado de deterioro de la estructura que destruirla surgió como una posibilidad. Es aquí cuando el escritor francés Victor Hugo, gran admirador del edificio, se decidió a escribir una novela en la que se resaltara la belleza y el valor patrimonial de la catedral.

Notre Dame de París, Víctor Hugo

Nuestra Señora de Paris, la novela que Disney adaptó como El jorobado de Notre Dame, está ambientada en el siglo xv y presenta todos los elementos propios de una obra del romanticismo francés: amores imposibles, ambientes renacentistas, personajes marginados y finales trágicos se aúnan a detalladas descripciones que hizo Victor Hugo sobre la arquitectura gótica de la catedral, resaltando su valor artístico y patrimonial.

La novela tuvo tanto éxito al ser publicada en 1831, que los lectores reaccionaron en favor de la marginada catedral y Notre Dame se volvió parte de la identidad parisina. Con la historia de Cuasimodo y Esmeralda, los personajes de la novela, se logró pues a que en 1845 comenzaran los trabajos de remodelación de la catedral que nos permiten hoy tomarnos fotos con ella y bañarla de filtros y me gusta en nuestras redes sociales.

La ficción literaria en la realidad

Ejemplos tan tangibles como estos son difíciles de encontrar a menudo en la historia, pero no cabe duda de que la literatura ha sido una impulsora de grandes cambios en nuestra sociedad. Para reconocer el poder de la ficción en la realidad basta con mencionar las denuncias de Charles Dickens y su Oliver Twist contra la Ley de los pobres en la Inglaterra victoriana; o La cabaña del tío Tom, donde la escritora estadounidense Harriet B. Stowe retrató las injusticias y las condiciones en las que vivían los esclavos de EEUU.

Al personificar en una obra a las víctimas de estas injusticias, la literatura hizo tomar conciencia a la población sobre estos problemas y la condujo a las reformas que dieron mejores condiciones a los trabajadores y, en el caso de la novela de Stowe, a dar el último impulso a la Guerra Civil Estadounidense que acabó con la esclavitud en Norteamérica.

Suele decirse por ahí que cuando terminamos un libro no somos el mismo que lo empezó. Cuando salimos de ese mundo intangible en el que hemos vivido los últimos cientos de páginas, termina el encantamiento y, como dice Shakespeare en la voz de Próspero en La tempestad, hemos de aplaudir al final de la obra para dar por terminada la ficción y volver a la realidad. Sin embargo, todo escritor que aspire a ser grande ha de intentar siempre que su obra de ficción no muera en la última palabra, sino que se proyecte y deje su huella en la realidad.

 

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